Críticas

La Curvatura de la Córnea

Teatro Pez Kao presentó ayer en el Teatro Arbolé la obra “Pedro y el capitán”. Los actores Fran Martínez y Ricardo Ibáñez presentaron su primer trabajo como compañía con una introducción en clave de clown que, a modo de programa de mano, nos informó del carácter de libre adaptación de la obra de Mario Benedetti, un aviso para las sociedades privadas que se dedican a recaudar derechos de autor. También hubo puyita a los “cítricos” periodísticos que hacen “cítricas” con diferentes números de estrellas según la valía del espectáculo. Terminaron con una confesión de cómo se habían planteado la representación en la que, desde el principio, queda muy claro quienes son los buenos y quienes son los malos; además de que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. Como en esas películas de espías de la guerra fría en la que los americanos son guapos, listos y resolutivos; mientras que los rusos son feos, tontos y gañanes. El objetivo teatral de Teatro Pez Kao es, a diferencia de la obra original de Benedetti, humanizar al  torturador.

En el espacio escénico dos sillas, una fuente de agua, la luz tenue de un lugar cerrado y la oscuridad. La obra comienza  con un extenso monólogo del torturador, un hombre metódico que asume su parte en el engranaje represor, pero con una importante diferencia, él es el “bueno” frente a los “malos”. Su arma no es el “dolor preciso, en el lugar preciso y  con la intensidad precisa”, él trabaja con “argumentos”. Las palabras justifican al torturador y sobre ellas se sustenta la obra. Palabras precisas que definen conceptos y dibujan la situación. Poco a poco se tornan cotidianas, familiares. Las palabras se humanizan cuando aparece el diálogo entre los personajes. Las distancias se reducen y las palabras buscan la poesía de la vida, de la familia, del amor. Es un espejismo que nos nubla porque dudamos, dudamos de la maldad absoluta del torturador y dudamos de la bondad absoluta del torturado, dos hombres enfrentados ante el reflejo de un espejo, la sutil línea que asigna papeles intercambiables. El trabajo actoral es de imponente contención corporal y brillante utilización de la palabra. La percepción estática de las escenas es imprescindible para fijar la atención en las palabras, es ahí donde se juega el rol del torturador y del torturado. La transformación verbal de cada uno de ellos los conduce hasta el lugar común de la derrota, un viaje precedido por una excelente versión en directo de dos guitarras, voces y violín de la canción de “Al alba” de Aute. “Pedro y el capitán” nos muestra la geografía humana de la maldad sin intenciones moralizantes, un ejercicio libre de prejuicios ideológicos. La necesaria reflexión acerca del lugar donde trazamos la línea que separa a los buenos de los malos.

Joaquín Melguizo

Heraldo de Aragón 4 Abril de 2012

Obra: Pedro y el capitan
Autor: Mario Benedetti.
Compañía: Teatro Pez Kao.
Intérpretes: Fran Martínez y Ricardo Ibáñez.
Adaptación y dirección: Fran Martínez y Ricardo
Ibáñez.
Lugar y fecha: Teatro Arbolé (Zaragoza).
II Ciclo de Teatro Emergente. 1 de abril de 2010.
La joven compañía zaragozana Teatro Pez Kao, creada el pasado 2009, ha presentado en estos días en el Teatro Arbolé de Zaragoza su primer espectáculo. Se trata de una adaptación de la obra de Mario Benedetti (su única pieza teatral) “Pedro y el capitán”, texto que escribió en 1979 tratando el problema de la tortura. Hacer un poco de memoria sobre la situación política existente en la segunda mitad de los setenta, no sólo en su Uruguay natal, sino en el conjunto del Cono Sur, nos ofrecerá algunas de las claves de “Pedro y el capitán”, claves que el mismo Benedetti se encarga de señalar en el lúcido prólogo que acompaña al texto.

La apuesta de Teatro Pez Kao por la obra de Benedetti implica un importante grado de valentía y de compromiso. Valentía, porque el maestro uruguayo construye un universo de palabras desnudas y silencios expresivos. No hay en él lugar para artificios. No caben, no se sostienen. Sólo un potente trabajo de interpretación, lleno de profundidad, de intención y de intensidad, puede dar sentido a esa larga conversación entre un torturador y un torturado. Y  compromiso porque la tortura es una indignidad que deber ser siempre denunciada. Fran Martínez y Ricardo Ibáñez aceptan el desafío y plantean un espectáculo de una absoluta sobriedad escénica. Sólo dos sillas, un notable diseño de luces y un acertado espacio sonoro, les acompañan como aliados en un discurso escénico que busca una respuesta al por qué, mediante qué proceso, un ser normal puede convertirse en un torturador. Consiguen que la tortura pese como una gran sombra sobre el diálogo que mantienen los dos personajes, aunque sin tener una presencia explicita sobre la  escena. Su presencia como hecho físico sería, en palabras de Benedetti, una agresión demasiado directa al espectador que le haría perder la posibilidad de tomar conciencia.

[…] el texto de Benedetti y la apuesta tan decida y valiente de una compañía que empieza, por un teatro de palabra y compromiso, merecen un voto de confianza.
Valoración: ***